Tuvo que haber salido muy de prisa de su casa para no darse cuenta que los pantalones de gimnasia que llevaba se le resbalaban de la cintura y se le detenían a la altura de sus prominentes caderas...

La blusa negra ceñida dejaba ver el principio de sus senos. Su cara estaba pintada con el color de la ira. Reclamaba atención inmediata de la gerencia porque su reclamo no había sido atendido como ella esperaba. Una de las dependientas le aseguraba que no era sí, que la empleada que primero la había atendido estaba en la búsqueda de la información que había solicitado. "No entiendo por qué no me cobran esta blusa igual que la otra. Si son casi iguales. Yo no tengo la culpa que no tenga una etiqueta". El tono utilizado era de mando y se aseguró que la escucháramos todos. En las cajas registradoras las cajeras se concentraban en cobrar la mercancía y atender a los que, con paciencia, esperábamos nuestro turno.

Mis compras no eran muchas, un par de shampoos y dos acondicionadores. Las marcas Bamboo y Paul Mitchell eran garantía de calidad y los precios la mitad de su precio regular. Esa es la razón por la que la gente común como nosotros, ordinaria, dirían otros, vamos a esas tiendas de compras. Nos permiten buscar, rebuscar, evaluar, medirnos, volver a medirnos, escoger, poner, quitar y volver a poner. Al final salimos con la sensación de que el tiempo invertido valió la pena porque encontramos prendas de diseñador y productos a precios que consideramos "una ganga".

Fue mi turno para pagar cuando noté que el color en el rostro de la quejosa, de rojo se había tornado morado. Su ira había aumentado y ahora exigía a gritos, con las manos en la cintura, hablar con el gerente general del establecimiento.
Una joven empleada salió a su encuentro a toda prisa con una blusa en la mano. Aseguraba que ya tenía el precio correcto. Ella se ofreció a cobrarle. La respuesta fue un rotundo no. La acusó de ser la culpable de haber perdido mucho de su tiempo. Exigía ser atendida por alguien más eficiente.

La línea se detuvo de manera momentánea para dar paso a otra mujer que venía de prisa, por la dirección contraria. El cansancio era evidente en su rostro. Escuchó a la airada mujer y en ningún momento perdió la calma. La empleada que primero había aparecido, era una jovencita que miraba con preocupación la reacción de la compradora y escuchaba con asombro los agravios que se le atribuían. "Ella debió de haberme dicho que no costaba lo mismo. Nomás me hizo perder mi tiempo. No tienen derecho de tratarlo a uno así".

Salí de la tienda con un sentimiento de disgusto, de frustración. En ese momento decidí regresar y pedirles disculpas a las dos por el mal rato que alguien más les había hecho pasar. No se me ocurrió otra cosa.

Una sonrisa de sorpresa y agradecimiento se dibujó en sus rostros. Sin emitir juicios sobre la airada clienta, que salió lanzando improperios, debo decir que su actitud reflejó a una persona egoísta, carente de empatía, integridad y respeto hacia los demás.

Un poco de empatía le hubiera indicado el plano de desventaja en el que se encuentran las empleadas de piso en esas tiendas de departamentos. Son las que permanecen de pie o caminan durante 8 horas con muy poco tiempo para descansar. Son las que ganan un salario mínimo y tienen que recurrir al medical porque la empresa no les da seguro médico. Son las empleadas que aspiran a permanecer en ese trabajo por largo tiempo, porque tienen niños pequeños que mantener y el salario apenas les alcanza para cubrir sus necesidades básicas. Son las empleadas cuyo trabajo hace posible que las ganancias que se producen en sus lugares de trabajo alcancen cifras billonarias. Eso hace posible que cada año los altos directivos de esas cadenas de tiendas reciban bonos millonarios.

Un poco de respeto a estas empleadas hubieran impedido a la quejosa humillar con su actitud a una mujer que sabe que cualquier queja de un cliente hacia su persona indica una evaluación negativa que le va obstaculizar un ascenso o un aumento a su ya de por sí raquítico salario.

Y un poco de integridad le hubiera impedido hacer esa "escena" ya que una persona íntegra es aquella que busca el bien para el otro y trata de hacer lo correcto. Integridad significa tener valores y principios que obligan a tratar al otro con deferencia y cortesía. Una persona íntegra no busca humillar ni hacer sentir menos a nadie. En conclusión, no recurre al protagonismo, ni trata de ejercer un poder que no tiene sobre los demás.

Alicia Alarcón, periodista radial,  conduce un programa de opinión en KBLA-1580 AM en Los Angeles, CA.  Es autora de La Migra Me Hizo los Mandados  y Revancha en Los Angeles (Arte Público Press).