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Lo que ven mis ojos

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Para nadie es un secreto que el índice de divorcios a nivel mundial va en línea creciente, lo peor es que las cifras no tienen para cuándo parar.

Cada vez son más las parejas que se casan y a los pocos años deciden romper con el pacto matrimonial. Las razones son muchas: no compatibilidad de caracteres, no se alcanzaron las expectativas esperadas, infidelidad, insatisfacción sexual, insatisfacción financiera; etc.

Pero qué pensarías si te dijera que, según varios estudios, parte de la culpa la tienen las afamadas películas románticas y las archiconocidas telenovelas. ¿Lo creerías?

Pues al parecer tienen mucho que ver. Según los expertos, las imágenes que vemos en las producciones cinematográficas y televisivas se van al subconsciente y de allí se proyectan en las relaciones sentimentales.

Según el diccionario de la Real Academia Española, subconsciente se describe como el estado inferior de la consciencia psicológica en el que, por la poca intensidad o duración de las percepciones, no se da cuenta de estas el individuo.

Ahora, viéndolo desde un ángulo espiritual, el subconsciente es el área de la mente en la que se almacena información a cerca de nosotros mismos, los conceptos y motivos de nuestro mundo y que está fuera del alcance de nuestra consciencia.

Los dos conceptos coinciden en que todo lo que recoge esa área de nuestra mente, no es percibida por la parte consciente, es decir el individuo no sabe que están allí, pero a la hora de presentarse la relación sentimental afecta la realidad de la pareja.

Te preguntarás ¿cómo esto puede afectar mis relaciones sentimentales? Lo que sucede es que en la mayoría de las películas románticas y en las telenovelas se idealiza el amor, por lo general, en estas no se refleja la realidad de una pareja y lo que visualizamos tiende a convertirse en una creencia firme sobre lo que debemos esperar en una relación.

El efecto que esto genera en el espectador es de frustración cuando se traslada a la vida real. Frases como la que leeremos a continuación, se encajonan en nuestro subconsciente dictando las reglas del juego en un matrimonio o noviazgo, alterando el verdadero orden de lo que debe ser una relación sentimental sana.

“Nuestro amor se mantendrá inalterable con el paso del tiempo”.

“Mi cónyuge debe anticipar mis pensamientos, necesidades y sentimientos”.

“Mi cónyuge no herirá nunca mis sentimientos”.

“El amor es algo que no se aprende, sale de dentro”.

“Si me quisiera de verdad se esforzaría por agradarme”.

“Amor significa querer estar juntos, no dudar y compartir toda nuestra vida”.

“Si me dejas me muero”.

“Sin ti no sabría qué hacer, eres lo único que tengo en la vida”.

“Si me dejas, me mato”.

En pocas palabras creamos patrones, hábitos repetitivos y vivimos pensando que así, como lo vemos en la pantalla, tiene que ser el amor. Exigimos, prácticamente, una relación perfecta y al no alcanzarla nos rendimos y pedimos el divorcio creyendo que el problema es la otra persona, cuando en realidad es que nuestros ideales sobrepasan expectativas reales y se convierten en conflictivas.

Creo firmemente que, así como la ingesta de alcohol es un vicio, al igual que el consumo de drogas o el tabaquismo; el exponer nuestra mente a consumir este tipo de información, mayormente las telenovelas que se transmiten a diario sin ninguna restricción de horario, ponen en riesgo nuestro balance mental y emocional.

Sutilmente dejamos entrar a nuestra mente estas imágenes a diario, muchos de nosotros desde niños, provocando, con el paso del tiempo, efectos como dependencia emocional, depresión, tristeza, soledad, prejuicio, infelicidad, conformismo, baja autoestima, entre otros, porque consideramos que nunca llegaremos a ser el hombre o la mujer perfecta para nuestra pareja. Esto ocurre porque nos medimos con una vara irreal.

Por otro lado nos deja inhabilitados para amar porque esa pareja perfecta, el príncipe azul como el de los “cuentos de hadas” simplemente no llega. La verdad es que nunca llegará porque no existe tal cosa.

Cada persona es única y tiene identidad propia, al casarse crea una pareja también única con identidad propia. No olvidemos nunca eso. El balance lo encontramos cuando yo pongo de lo mío y tú pones de lo tuyo, haciendo el nosotros, que al final de cuentas es uno.

Es un error casarse pretendiendo que la otra persona te haga feliz. Tenemos que ser felices para entonces casarnos.

Escrito está: “Por cierto mis pensamientos me hacen responder, y por tanto me apresuro”. Job: 20:2. “Hice pacto con mis ojos…” Job: 31:01

Colaboración especial (Concepto espiritual del subconsciente): Pastor Javier Ordóñez, Ministerios Aliento de Vida.


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