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El bullying se resuelve en casa Parte II

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La semana pasada compartí con ustedes mi opinión acerca de cómo el comportamiento de intimidación se generaba, pero también se terminaba en el hogar.

Ahora, hablando de lo que pasa afuera de casa, la cosa no mejora, a mi entender, se complica. Porque lamentablemente algunos han exagerado el tema y quieren llamar a cualquier desacuerdo, intimidación, abuso, acoso o amenaza. Y para mí no en todos los casos es eso, sino más bien sobreprotección o simplemente ganas de lucrar llevando gente a la corte.

En los casos de intimidación (Bullying), la ley, -opinión personal-, se convierte en un mal necesario, como un remedio temporal. Como por ejemplo una medicina para tratar una gripe. La usas, tantas veces te repite la gripe, pero no te sana para siempre. De hecho la ingestión habitual de medicamentos causa efectos secundarios que degeneran tu cuerpo.

Un ejemplo claro de esto fue lo sucedido hace dos fines de semana entre dos equipos de fútbol americano de la liga de escuelas secundarias.

El papá de un jugador del equipo perdedor entabló una demanda por intimidación contra el entrenador del equipo ganador porque los vencieron en el encuentro 91-0. Según la demanda el entrenador tenía que haberle exigido a sus jugadores no anotar más, pues estaban avergonzando al otro equipo. Yo no le encuentro sentido.

Imagínate si tu hijo se va a las fuerzas armadas y un día te llama para desahogarse, y te cuenta que su superior lo insulta, lo llama escoria, lo hace entrenar el doble que a los demás, lo amenaza con que lo va a hacer regresar a casa. ¿Qué vas a hacer? ¿Llamar a un abogado porque seguro tienes un caso de intimidación?

¡Madurar no es una opción, es una necesidad!

El pasado año escolar mi niña mayor, que para entonces tendría 8 años y medio, me comentó que uno de sus compañeros en clase le había dicho que ella no valía nada. Yo le pregunté cuál creía ella que había sido la razón por la que este chico había hecho eso. Quería asegurarme que no había una discusión de por medio o algo mayor. Pero ella me respondió que no sabía el por qué, sólo se lo dijo.

Entonces le pregunté cómo se había sentido ella con este comentario. Me dijo que no le había importado porque ella sabía que eso no era cierto, que ella sí tenía valor. Ella lo ignoró y se acabó el asunto.

Honestamente, a pesar que el incidente me incomodó, me sentí mucho mejor al ver cómo ella había reaccionado. Sin embargo me encargué de reafirmarle lo que ya ella sabía, que no sólo tenía valor, sino uno invaluable porque Jesús había pagado un precio muy alto en la cruz por su vida. Además de ratificarle el amor que todos sentíamos por ella en casa.

Después, conociendo un poco el ambiente familiar del niño, pues también es vecino, le expliqué que su compañero estaba simplemente repitiendo un patrón de conducta que veía en sus padres (así trata su papá a su mamá), pero que eso no los justificaba y que si había una próxima vez lo compartiera con su maestra, si la situación no cesaba, entonces yo y mi esposo tomaríamos cartas en el asunto. Hasta hoy sigue siendo su compañero de clases y nuestra intervención no ha sido necesaria.

Ya sé, no todos pensamos igual, y no pretendo que así sea. Pero si a una niña de 8 años y medio se le explica y entiende, cuánto más a unos adolescentes que van a jugar a sabiendas que las únicas dos opciones que tiene son ganar o peder. En este caso particular no le veo sentido a la demanda.

No estoy diciendo que no defiendas a tus hijos o que no los respaldes cuando sea necesario. El punto es no exagerar, no sobreprotegerlos, al final de cuentas seguimos viviendo en un mundo real y, dicho sea de paso, cruel. Esa es la razón por la que necesitan amor, protección, disciplina y dirección.

Por eso concluyo que, a veces, es peor el remedio que la enfermedad y confirmo lo de la semana pasada, toda intimidación comienza y termina en casa. 

Escrito está “Por lo cual la ley es debilitada, y el juicio no sale según la verdad; por cuanto el impío asedia al justo, por eso sale torcida la justicia”. Habacuc 1:4

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