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¿Dónde queda la comunicación cara a cara?

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Hace algunos meses me puse a reflexionar sobre un asunto que, de verdad, no creía posible. Y me preguntaba si sería factible que el ser humano como tal estuviera en peligro de extinción; y si no el ser humano, sí las relaciones interpersonales como las habíamos conocido hasta ahora.

¿Por qué me hacía tal pregunta? Bueno, tengo una hija de 14 años (hijastra) que vive sometida a su Iphone todo el día. Pareciera que está sumida en un mundo, en el que realmente no está físicamente pero que absorbe toda su atención sin dejar una gota para el resto de la familia. El asunto no sólo me puso a pensar sino que me preocupó.

Tras observar al resto de los adolescentes a mi alrededor, pude darme cuenta que la mayoría hacía lo mismo, peor aún sus papás también. En pocas palabras es un patrón de conducta adquirido por los que se supone deberían dar el ejemplo.

Indagando en el asunto descubrí que mi queja ya era muy común no sólo entre padres sino también esposos. ¿La razón? Se ha extinguido la comunicación directa en el hogar, el trabajo, la escuela; etc.

No han sido necesarios los robots, o los sistemas de seguridad con voz propia, o los prototipos que cuidan tu hogar y controlan hasta lo que has de comer. No, sino que ha bastado un simple y pequeño aparato telefónico para conectarte con el mundo y desconectarte con quienes deberían ser tus más allegados. Irónico ¿no?

El letrero en un café citadino me expandió el panorama. Decía ¨No tenemos Wifi, hablen entre ustedes¨. Chistoso ¿no crees? Al principio a mí también me causó gracia, pero al reflexionar me di cuenta que no es tan gracioso como pensamos.

Después del inocente cartel, vino a mí la oportunidad de ojear varios artículos relacionados con este fenómeno. Por ejemplo, leí en un diario venezolano que en la ciudad de Maracaibo, un joven, que aparentemente vivía una vida sana y estable con su familia, mató a su esposa y a su propia madre por haberlo interrumpido mientras jugaba Candy Crush. Increíble.

Pero allí no queda todo. Recientes investigaciones científicas han declarado que las personas que interactúan con otras a través de las redes sociales y que conocen, prácticamente, la vida de los demás, están más expuestas a sufrir ataques de frustración, ansiedad y depresión.

A esto se le suma una buena cantidad de divorcios por causa de la infidelidad cibernética o la necesidad enfermiza de aparentar lo que no se es o se tiene ante las pantallas de la computadora.

¿Más razones? En algunos países es peligroso colocar cierto tipo de información en tu página personal porque es usada para perpetrar robos, secuestros, extorsiones y usurpación de identidad.

Nos quedamos cortos. Todavía falta mencionar el llamado bulling cibernético, los mensajes de texto con contenido sexual entre niños y adolescentes y, como ya lo mencioné, las conversaciones inexistente entre padres e hijos; esposos, amigos y hasta alumnos y profesores porque es mucho más fácil textear, twitear que enfrentar la realidad cara a cara.

En pocas palabras, la comunicación verbal persona a persona se presenta obsoleta ante la invasión de las nuevas tecnologías y, las conversaciones en línea directa con el interlocutor parecen ser cosa del pasado. Sin embargo, la gravedad de este asunto no es el mismísimo hecho en sí; lo grave es que lo estamos aceptando sin hacer nada al respecto. La solución no es que desaparezcan los aparatos electrónicos, o que comandemos una cacería de brujas; no, pero sí que regulemos el uso de ellos en donde y cuando nos sea posible.

Por ejemplo en casa, los padres tenemos toda la autoridad para exigir a nuestros hijos dosificar el uso del celular, vídeo juegos, o las redes sociales. Así como tuvimos que racionar las horas que pasábamos frente a la televisión. ¿Recuerdan?

No me mal interpreten, las nuevas tecnologías llegaron para hacer un bien común. Para agilizar trámites, interactuar con familiares que se han ido a vivir a otros países, contactar nuevas amistades en todas partes del mundo y mucho más; pero de ahí a que permitamos que nuestra mente sea controlada por todo esto hay un trecho muy grande. Es como permitir que se substraiga la misma esencia humana, convirtiéndonos en seres retraídos, fríos sin la capacidad de disfrutar el calor humano, las miradas, los gestos, en fin todo aquello que nos hace diferente y disfrutable el uno del otro.

Después de todo, me di cuenta que se trata de un asunto de voluntad propia, casi comparado con la necesidad de dejar de fumar o tomar licor. Nosotros como adultos decidimos dejar lo que no es conveniente y enseñamos a nuestros hijos con el ejemplo. Recuerde que nadie se muere si no tiene el último teléfono que acaba de salir al mercado, lo que sí se puede morir es la relación con su hijo o hija; esposo o esposa, amigos, etc.

Escrito está "Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito pero no todo edifica". 1 Corintios 10:23.

 

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