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Son muchas las casas de campaña, todas iguales de colores oscuros, enfrente un trozo apacible de un océano y al otro lado, las montañas distantes. Desde la carretera se divisan hombres, mujeres que platican entre sí. Son los que llegaron en botes. En California son muchos los que rechazan su presencia y el gobernador demócrata de ese entonces Jerry Brown es uno de ellos.

La guerra de Vietnam acaba de concluir y a partir de los acuerdos de paz firmados en 1973, todos los días llegan de distintas partes, miles de refugiados vietnamitas al país que les prometió un triunfo total a la agresión comunista y los invitó, en su retirada, a seguir la lucha hasta el final. Lucha que terminó en trágica derrota para ellos y para Estados Unidos.

En su camino al país de la libertad, más de 200 mil perdieron la vida. Muchas de sus balsas fueron volcadas a propósito por residentes de los países que llegaban, como fue el caso en Malasia. A su paso, se volvieron comunes los enfrentamientos entre los que los agredían por considerarlos "criminales indeseables" y los que salían a ayudarlos.
En Estados Unidos, la población seguía a diario la travesía de cientos de miles de familias cuyo destino final era Estados Unidos.

Las imágenes proyectadas en televisión, de sus desventuras y necesidades inmediatas, provocaron desasosiego y preocupación en un sector de la población que los vio como una amenaza para su economía y un verdadero peligro "por sus costumbres tan diferentes" para la estabilidad de este país.

Al final, los vietnamitas que llegaron como refugiados a este país fueron más de dos millones. El gobernador de California después de haber sido amonestado por funcionarios de Washington, no objetó los asentamientos humanos de familias vietnamitas que se dieron en Campo Pendleton, en el condado de San Diego, cerca de Oceanside.

Sin conocer el idioma, muchos enfermos, otros con el trauma de haber visto morir a sus seres queridos en el trayecto; en silencio, sin protestar, ni reclamar nada, con una ayuda básica del gobierno, esta población que llegó sin nada más que sus recuerdos, se dio a la tarea de rehacer sus vidas y en menos de 50 años se han convertido en un bloque económico, dinámico, importante.

En principio se dedicaron a estudiar el idioma, enviaron a sus hijos a las universidades, en cuanto pudieron adoptaron la ciudadanía estadounidense y participan de manera activa en la elección de sus Representantes en Washington. Muchos de ellos han logrado puestos electorales. En el área del comercio, dominan el área de los SPA y cuidado de las uñas. La segunda generación de Vietnamitas, en su mayoría son profesionales graduados en diferentes áreas.

Este trozo de la historia del progreso de una población que fue tan vituperada a su llegada a este país, es la mejor prueba de que la grandeza de esta nación es tan vasta, que alcanza a cobijar todavía a muchos cientos de miles de personas que lleguen huyendo de la violencia y la persecución. La razón por la que un padre o una madre arriesga a sus hijos a una aventura tan peligrosa como recorrer largas distancias por tierra o por mar para llegar aquí es porque no tuvo otra opción. Quedarse en su lugar de origen es sinónimo de miseria y muerte.

Este es el caso de la caravana de migrantes centroamericanos, en su mayoría hondureños, que en estos momentos atraviesa México y que muy pronto estará en nuestras fronteras. Los medios aseguran que son 7,000, pensemos que son 10,000. La verdad es que para los recursos que tenemos en el Presupuesto para contingencias de este tipo, la cantidad que se necesita para atender sus solicitudes de asilo, proporcionarles un albergue, aunque se repita lo de las tiendas de campaña en Pendleton, es mínima.

¿Por qué vamos hacer semejante cosa?Por responsabilidad histórica. Un Presidente Republicano la aceptó y se aseguró que a los refugiados de Vietnam se les tratara con dignidad y se les dieran los recursos básicos para salir adelante en este país.

El problema de la caravana hondureña no es problema, el problema es que tenemos un Presidente que no quiere aprender lecciones básicas de historia. Alguien debe ilustrarlo sobre la responsabilidad que tiene este país en la miseria y violencia que impera en los países centroamericanos. Una prueba es el último "regalo" que envió a Centroamérica este país, a finales de los 90. Sin decir agua va, deportaron a cientos de jóvenes graduados en el "arte" de robar, matar y extorsionar. Todos miembros de las temibles pandillas MS-13 y la calle 18 que según las autoridades, más tardaron en llegar que establecerse en poderosas organizaciones dedicadas al crimen. Testimonios de hombres y mujeres de esta caravana de migrantes aseguran que han tenido que salir huyendo de sus hogares ante las amenazas de reclutar a sus hijos, y despojos que sufren a diario a manos de estos pandilleros. Made in the USA

Alicia Alarcón, periodista radial,  conduce un programa de opinión en KBLA-1580 AM en Los Angeles, CA.  Es autora de La Migra Me Hizo los Mandados  y Revancha en Los Angeles (Arte Público Press). Su correo electrónico es: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.