El panorama político global está atravesando por cambios sísmicos. Hechos que van desde la votación del Brexit, hasta la elección de Donald Trump, confirman que estamos viviendo tiempos sin precedentes.

El ascenso de Trump a la presidencia tiene enormes implicaciones en las relaciones comerciales globales, así como en las minorías que viven en Norte América. Las reformas sociales progresistas de Barack Obama pudieran convertirse en solo una nota al margen en las páginas de la historia, y la especial relación entre dos grandes países como lo son México y Estados Unidos, podría estar en grave peligro. Es así como en este contexto de momentos de transformación debemos replantear la manera en que hacemos las políticas de “buena vecindad”.

En México, creemos firmemente que “entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. En palabras de Benito Juárez, el eminente presidente de México cuya estatua se erige a unos cuantos pasos del Monumento a Lincoln en la ciudad de Washington DC, y quien compartía afinidad con los ideales del primer presidente republicano de los Estados Unidos de América.

Con cerca de dos millones de estadounidenses viviendo en el territorio, México es el país con la comunidad más grande de ciudadanos estadounidenses que residen fuera de los Estados Unidos. En el Estado de Jalisco, del cual soy Gobernador, reside pacíficamente en la Ribera de Chapala una de las comunidades más grandes de expatriados estadounidenses en el mundo, además de miles más que viven en Guadalajara y Puerto Vallarta. Estas personas son una parte esencial de la comunidad. Sin embargo, temo que la retórica provocativa de Donald Trump podría poner en riesgo esa armonía social, sembrando la semilla de la discordia a las diferencias. Los estereotipos de los mexicanos que utiliza son incorrectos, que no son apropiados para un hombre que encabeza una de las grandes potencias mundiales.

A Jalisco anteriormente se le conocía únicamente como el lugar oriundo de la salsa picante y el tequila. Hoy en día, se ha convertido en el “Silicon Valley” de Latinoamérica, con una próspera industria tecnológica que suma los 21 billones de dólares y al borde de una tranquila revolución económica. No hay duda de que la estrecha relación entre Estados Unidos y México genera enormes beneficios económicos, culturales y sociales a ambos países. Así mismo, Estados Unidos es el principal socio comercial de México. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte permite a los mexicanos obtener visas de trabajo en los Estados Unidos, abriendo una ventana de oportunidades. Además, seis millones de empleos estadounidenses -en territorio estadounidense- dependen directamente del comercio con México. Pero más allá de nuestra relación comercial y nuestra frontera común, los mexicanos y los estadounidenses compartimos un sueño: uno de libertad y prosperidad para nuestra gente. No pongamos eso en peligro.

Decenas de miles de estadounidenses visitan nuestro estado cada año. Cuando están aquí se encuentran en el territorio, se convierten también en mis constituyentes - aunque sólo sea por un fin de semana. Su situación financiera o antecedentes son irrelevantes. Desde el comienzo de mi administración, he reconocido continuamente sus aportaciones contribuciones a nuestra sociedad, que no son sólo de carácter financiero, sino también cultural y social.

En México, al igual que en Estados Unidos, estos son tiempos difíciles desafiantes y, como en cualquier relación entre dos partes, los esfuerzos y acciones de uno afectarán al otro: cada una de las medidas en las que México se compromete para mejorar la vida en nuestra nación, tiene un Impacto en nuestra relación con nuestros vecinos del norte. En ocasiones, cuando las cosas no salen como esperábamos, como seres humanos estamos tentados a culpar al otro por todo. La frustración se convierte en ira y las decisiones basadas en esta ira se convierten en una fuerza destructiva para aquellos que las hacen. No olvidemos lo que Mark Twain dijo acerca de esto: "La ira es un ácido que puede hacer más daño al recipiente en el que se almacena que a cualquier cosa en la que se vierte".

La esencia de Estados Unidos es la riqueza de su diversidad, la unión de fuerzas de mujeres y hombres provenientes de todo el mundo que, a través de su trabajo y esfuerzo, han dignificado y redefinido el valor de quienes deciden emigrar, derrumbando barreras en busca de un futuro mejor. Esta es la razón por la cual los mexicanos, en todo el mundo, siempre se identifican con aquellos que enfatizan nuestras similitudes y la manera en que podemos utilizarlo para nuestro beneficio mutuo, y así continuar creciendo juntos. Nosotros reconocemos, por supuesto, que los países vecinos no siempre estarán de acuerdo en todo. Sin embargo, los problemas se resuelven a través de una mejor comunicación, mayor cooperación y la búsqueda para encontrar soluciones conjuntas.

Construir una muralla a lo largo de una de las fronteras más grandes y dinámicas del mundo es un símbolo tóxico de desconfianza. Con un solo acto imprudente, Estados Unidos corre el riesgo de destruir la relación muy TAN especial que ha construido con México durante muchos años y de retratar a los mexicanos como ciudadanos de segunda clase. Un muro es una barrera tanto física como simbólica a la noción de trabajar juntos para resolver nuestros problemas conjuntos.
El dinero invertido en construir algo como esto, se emplearía mejor en resolver problemas estructurales y el fortalecimiento de los vínculos.

Exhorto a todos aquellos que albergan y difunden el odio en contra de México y los mexicanos, a visitarnos. Puedo garantizar que si Donald Trump o sus simpatizantes pasaran tiempo en México, ellos valorarían la riqueza del país, la sencillez de las personas y reconocerían el talento que tenemos.

El futuro de México y Estados Unidos está entrelazado. Vivimos en tiempos de incertidumbre, sin embargo, creo que si nos concentramos más en lo que nos une, que en lo que nos divide, México y los Estados Unidos de América podrán tener un gran futuro juntos.