El medallista más humilde sube al podio por México

 A Misael Rodríguez, Buenos Aires le dio la bendición, o quizás fue su madre, o cualquier desconocido al que le causó ternura cuando pedía una cooperación para solventar su aventura olímpica. Lo cierto es que fue en la capital argentina donde el mexicano, oriundo de Chihuahua, aseguró un boleto para las Olimpiadas de Río de Janeiro.

A Misael le habrán llovido incontables mensajes de solidaridad, unos cuantos, tal vez, con verguenza disimulada tras conocerse su duro peregrinaje hacia el evento de élite mundial mejor conocido como los Juegos Olímpicos de Verano.

A Misael, en el corazón probablemente no le cabe el rencor ni la envidia, a pesar de que pega duro con sus guantes. Aunque pasó las de Caín pidiendo caridad con un bote en los autobuses de pasajeros de su país y luego coronó su aventura con la primera medalla para México en Río 2016, fue generoso y solidario con sus demás compañeros atletas, al expresar su deseo de que alguien más le sume otro metal a la austera cuenta de la delegación que representa a la República Mexicana en Brasil.

A Misael, tal vez no le vayan a dedicar una estatua, porque en realidad, héroes como él se multiplican en el anonimato de un México a veces difícil de sobrellevar. Pero su historia sí debe de recordarle a la juventud que con voluntad y determinación las cosas se pueden lograr; más allá del reproche automático que sugiere su caso frente a los que administran los presupuestos para apoyar a talentos deportivos.

A Misael no lo conocía, hasta que la semana pasada el Diario de Juárez publicó que era un pugilista con posibilidades en la categoría de los medianos, después de ciertas circunstancias que se conjugaron a su favor durante el torneo olímpíco. Y supongo que al mismo "Chino", a quien de todos modos no conozco ni por teléfono, no le sorprendería mucho si le dijera que su historia me recordó un poco la tenacidad de un joven corredor de padres mexicanos que vive en Fort Worth y trabaja de noche en la planta de General Motors del área, y que cuando sale por las mañanas se va a entrenar con un amigo que también es corredor. Son las historias que una va recogiendo en esta profesión.

A Misael, le debe la afición mexicana una ovación de pie prolongada. Su medalla de bronce en semifinales es la coronación de la voluntad de quien a pesar de la incertidumbre que causa la falta de fondos económicos siguió a paso firme. El uzbeko Bektemir Melikuziev, después de todo, dejó atrás a un rival que vale oro.

A Misael no se le puede pedir más. Lo dio todó y reconoció con dignidad su derrota. “Me enfrenté ante un rival que fue superior”.

A Misael le parece algo incomparable representar a los suyos, a la gente del Parral, y a México más; para él es un orgullo. Pero el bronce que ya es de todo México en el medallero oficial, ése sí se lo dedicó a su familia, en especial a su madre, Aurelia Oliva, a quien le pidió que no llorara.

Las medallas de México en Río 2016

A Misael, a pesar de toda la apatía que le pudiesen haber demostrado durante el proceso eliminatorio y preolímpico, le sobra mucho corazón. “Somos un gran país y no nos pierdan la fe”, sentenció el jueves después de concluir su combate y ganar un metal. La medalla que de momento rescata el honor de un país extraordinario, en el que millones todavía no pierden la esperanza de algún día verlo brillar en todo su esplendor.

Sandra Velázquez es la Fundadora y Editora Gral. de HOY Dallas. También es comentarista deportiva y narra juegos de baloncesto del OKC Thunder. Anteriormente trabajó para ESPNdeportes.com como editora y escritora. @sandrav33 @hoydallas

A Misael le habrán llovido incontables mensajes de solidaridad, unos cuantos, tal vez, con verguenza disimulada tras conocerse su duro peregrinaje hacia el evento de élite mundial mejor conocido como los Juegos Olímpicos de Verano.

A Misael, en el corazón probablemente no le cabe el rencor ni la envidia, a pesar de que pega duro con sus guantes. Aunque pasó las de Caín pidiendo caridad con un bote en los autobuses de pasajeros de su país y luego coronó su aventura con la primera medalla para México en Río 2016, fue generoso y solidario con sus demás compañeros atletas, al expresar su deseo de que alguien más le sume otro metal a la austera cuenta de la delegación que representa a la República Mexicana en Brasil.

A Misael, tal vez no le vayan a dedicar una estatua, porque en realidad, héroes como él se multiplican en el anonimato de un México a veces difícil de sobrellevar. Pero su historia sí debe de recordarle a la juventud que con voluntad y determinación las cosas se pueden lograr; más allá del reproche automático que sugiere su caso frente a los que administran los presupuestos para apoyar a talentos deportivos.

A Misael no lo conocía, hasta que la semana pasada el Diario de Juárez publicó que era un pugilista con posibilidades en la categoría de los medianos, después de ciertas circunstancias que se conjugaron a su favor durante el torneo olímpíco. Y supongo que al mismo "Chino", a quien de todos modos no conozco ni por teléfono, no le sorprendería mucho si le dijera que su historia me recordó un poco la tenacidad de un joven corredor de padres mexicanos que vive en Fort Worth y trabaja de noche en la planta de General Motors del área, y que cuando sale por las mañanas se va a entrenar con un amigo que también es corredor. Son las historias que una va recogiendo en esta profesión.

A Misael, le debe la afición mexicana una ovación de pie prolongada. Su medalla de bronce en semifinales es la coronación de la voluntad de quien a pesar de la incertidumbre que causa la falta de fondos económicos siguió a paso firme. El uzbeko Bektemir Melikuziev, después de todo, dejó atrás a un rival que vale oro.

A Misael no se le puede pedir más. Lo dio todó y reconoció con dignidad su derrota. “Me enfrenté ante un rival que fue superior”.

A Misael le parece algo incomparable representar a los suyos, a la gente del Parral, y a México más; para él es un orgullo. Pero el bronce que ya es de todo México en el medallero oficial, ése sí se lo dedicó a su familia, en especial a su madre, Aurelia Oliva, a quien le pidió que no llorara.

Las medallas de México en Río 2016

A Misael, a pesar de toda la apatía que le pudiesen haber demostrado durante el proceso eliminatorio y preolímpico, le sobra mucho corazón. “Somos un gran país y no nos pierdan la fe”, sentenció el jueves después de concluir su combate y ganar un metal. La medalla que de momento rescata el honor de un país extraordinario, en el que millones todavía no pierden la esperanza de algún día verlo brillar en todo su esplendor.

Sandra Velázquez es la Fundadora y Editora Gral. de HOY Dallas. También es comentarista deportiva y narra juegos de baloncesto del OKC Thunder. Anteriormente trabajó para ESPNdeportes.com como editora y escritora. @sandrav33 @hoydallas