Proveniente del Istmo de Tehuantepec (la "lengua de tierra" que une al Océano Pacífico con el Océano Atlántico en el sur de México), la artesana y maestra Teresa López Jiménez visitó por primera vez el área de Dallas y Fort Worth a finales de junio, como integrante de la delegación del estado de Oaxaca que participó en la colorida exhibición culinaria "Savor México".

Reservada, pero segura de sí misma, esta zapoteca nacida en Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, afirma que su vida familiar siempre ha girado en torno al oficio de bordar. "En lugar de tener juguetes, de chiquita veía la costura como algo en lo que tenía que poner mi atención", recuerda en una larga entrevista que gustosa concedió a Hoy Dallas para hablar de su tierra y sus costumbres.

Desde los 12 años, dice, en su comunidad a las mujeres ya se les tiene que adiestrar en un oficio, pues, por lo menos en la época de su infancia, afirma: "teníamos prohibido ir a la escuela o saber escribir, la mayoría apenas cursaban sólo hasta segundo o tercer grado de primaria. Ahora ha cambiado un poco".

El estilo de los bordados de la maestra López Jiménez es floreado, pues como ella misma explica, se originan en la zona zapoteca de Oaxaca, conocida como Ixtaxochitlán, un vocablo zapoteco que quiere decir "lugar de las flores"; dependiendo de cada región, en otra zona del estado, dice, "los bordados representan a los animales del área".

Esta istmeña se dedica por entero al bordado, además de dar clases y transmitir sus conocimientos a las zapotecas más jóvenes, en una región en la que las tareas del hombre giran alrededor de la pesca, la siembra del maíz, la hechura de hamacas, la orfebrería y la alfarería. "Nosotros colaboramos con nuestros esposos. Mucha gente dice que en nuestra zona los hombres casi no trabajan, que se les ve muchas veces descansando por las tardes, pero es porque para ir a la pesca, por ejemplo, se levantan muy de madrugada y entonces terminan temprano".

Una jornada típica de trabajo para la maestra López Jiménez empieza a las 8 de la mañana y termina al mediodía, para hacer una pausa y regresar a las 3 de la tarde y seguir hasta las 8:30 p.m. Sus bordados pueden consistir en hacer trajes de gala, media gala y de cadenillas, sobre textiles como terciopelo, satín o piel de ángel con hilos de algodón.

López Jiménez llegó a la ciudad con una docena de vestidos bordados por ella misma y se instaló a la entrada de un par de eventos que organizó el Consulado General de México en Dallas, con motivo de la muestra Savor México, en su cuarta edición. En la mesa donde acomodó sus productos destacaba un libro abierto en el que con orgullo mostraba una página con una foto suya (en la que también aparece su biografía) como parte de una colección de Maestros del Arte de Oaxaca.

En Oaxaca, rico en tradición cultural en todas las áreas, se hablan 16 dialéctos, y esta artesana en su casa siempre habló el náhuatl; el español lo pudo aprender en la escuela, en el escaso tiempo que asistió después de cumplir los 6 años.

Oaxaca es un estado dividido en 571 municipios, de los cuales 418 aún se rigen por usos y costumbres. 

El bordado requiere de muy buena vista, precisa López Jiménez: "para mí, el dedicarme a esto consiste en realizar un rescate de lo antiguo, un trabajo que se ha perdido. Porque sé que tengo una raíz, una cultura, un gran amor al arte y estoy orgullosa de lo que heredé".

Aunque se siente un poco arrasada en una ciudad tan grande como Dallas, recuerda que es la segunda ocasión que viaja a Texas a exhibir sus prendas. Anteriormente visitó San Antonio, también respondiendo a una invitación del gobierno de su estado natal.

LOS COLORES 

Hablar de su descendencia es un tema serio, el cual aborda con cierta solemnidad, pero al mismo tiempo con valentía. La maestro López Jiménez solamente tiene un hijo, quien también se dedica a bordar, lo mismo que su esposa y también una hija pequeña de ambos que ya está aprendiendo poco a poco.

"Para mí fue una frustración no poder tener una familia grande, porque esa es la tradición en nuestras comunidades. Yo perdí a una hija y solamente pude tener a uno. Pero siempre he contado con el apoyo de mi esposo. Nos preparan para tener varios hijos. Mi mamá tuvo ocho y le quedaron seis", narra.

El corazón de López Jiménez sufrió enormemente, en 1987, con la pérdida de esa ahija añorada y recuerda que se refugió en el arte. Sus bordados solían reflejar su estado de ánimo, tanto en los colores como en las figuras.

"Hice un huipil blanco, con pistilos en verde tierno y todavía lo conservo... la combinación de los colores depende de tu estado de ánimo".

López Jiménez considera que los habitantes de Juchitán son hospitalarios. Están ubicados a 276 kilómetros de Oaxaca, la capital del estado. "Nos gusta que nos pregunten y enseñamos con gusto lo que hacemos", refiriéndose a cuando muestran sus bordados a los turistas. "Por ellos sobrevivimos, a mí me llena el corazón que me digan que les gusta mi obra".

Mientras para la mayoría de los extranjeros el trabajo que realizan estas artesanas es objeto de admiración y respeto, López Jiménez admite que para el turista mexicano no siempre es igual. "Hay veces que vamos a otros estados y sí nos llegan a decir que los trajes son disfraces, y cuando les decimos el precio nos preguntan que 'pues qué hacen, que si lavan, planchan o trapean'. Yo me siento orgullosa de portarlo. Y agradezco que Frida Kahlo lo haya vestido con gallardía y no se avergonzó".

EL TREN DE LA MUERTE

Además de su sensibilidad como artesana y como madre, a López Jiménez también le afecta el tema de los oaxaqueños que cotidianamente se trasladan a Estados Unidos en busca de nuevos horizontes. "Estoy en contra de que vengan a otro país, porque no están preparados… es como buscar la muerte. Si Dios quisiera que nacieran aquí, aquí hubieran nacido. Si están allá (en Oaxaca), Dios no los va a abandonar", comenta tajante.

"Es que ya no regresan y dejan a su familia. Aquí vienen y muchos ni siquiera saben hablar ni leer en español. Yo creo que más bien estoy en contra del sufrimiento", concede.

"Allá tenemos manzanas, duraznos, el aire de las comunidades está mejor que aquí. Lloro cuando veo el tren que viene de Centroamérica. Cuando se quiere a la familia y se ama en la familia, uno no se va", dice.

Más que arrogancia o falso orgullo, las palabras de López Jiménez exhalan un aire de dignidad inconfundible. Ella misma reconoce que estuvo a punto de no viajar a Dallas. Al preguntársele el por qué, con una humildad sincera cuenta que la invitación a un lugar tan lejano le hizo recordar que de pequeña "andaba descalza y vendía tortillas..."

Pero fue su esposo quien la animó a realizar el viaje. "Yo no quería venir, pero él me dijo: 'tú eres mi orgullo, me gusta que estés representándonos. Si tú no vas, yo me voy de la casa'".

Durante la gala de clausura, López Jiménez lucía contenta y orgullosa. Feliz de haberse decidido a hacer el viaje al norte de Texas.

¿Vendría de nuevo hasta acá?, le pregunta la reportera.

"Si me vuelven a invitar… claro que sí", responde sonriente.

 

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