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En el rancho, mi despertar por las mañanas era delicioso. Para cuando mis hermanos y yo nos levantábamos, mi papá ya tenía varias horas de haberse ido a trabajar a Guadalajara y mi mamá ya había ido al molino a moler el nixtamal.

A esa hora ya tenía encendido el fogón con leña y del comal comenzaban a salir las primeras tortillas. Los frijoles refritos ya estaban calientitos, la carne asada y varias quesadillas con flor de calabaza. Y una delicia para nosotros, un “burrito” de tortilla recién hecha, que de tan calientita era necesario estarle soplando para sopear los frijoles calduditos.

Antes que mi mamá nos llamara para almorzar, ya nos estaba atrayendo el particular olor de la leña de mezquite al quemarse en el fogón de la cocina.

LAS CANICAS
En tiempo de secas, tan pronto desayunábamos, mi hermano Toño y yo nos íbamos a buscar a nuestros amiguitos. Ya sabíamos que los íbamos a encontrar o los esperábamos en la plaza. En las bolsas del pantalón llevábamos nuestras canicas o algunos balines de acero que mi papá nos llevaba del taller. Las canicas de mayor valor eran los “ponchitos” y las “florecitas”, que valían el doble de las “agüitas”. También estaban las “cacalotas”, que eran unas canicas enormes que apenas podíamos manipular con nuestros deditos.

A LA ESCUELA
Toño era el que casi siempre ganaba en la mayor parte de los juegos, aunque tiraba “de uñita”, una forma no muy ortodoxa de tirar las canicas, pero que finalmente era muy efectiva, y eso era lo que importaba para ganar muchas canicas. Mi hermano sólo estuvo en el rancho uno o dos años, porque le llegó la edad de ir a la escuela y mi papá quiso que estudiara la primaria en Guadalajara, en la que mi niña Petra era maestra. Ahí estuvo viviendo y haciéndole compañía a mi Mamá Pina.

EN PRIMERA FILA
Mientras tanto, en ese lapso, mi paso por la escuela del rancho fue solamente en calidad de mirón, de visitante. De esa escuela rural tengo el orgullo de que mi abuelo fuera uno de los promotores para que se construyera. Ahí iba yo a presenciar los ensayos de las obras de teatro y piezas de baile folclórico que en ese entonces organizaba tan entusiastamente el profesor Amador Lara Prado, forjador de varias generaciones en Santa Cruz; educó a los padres, a los hijos y a los nietos. Sentado en la barda de adobe que dividía a la escuela y el camposanto, disfrutaba yo en primicia lo que después los padres de familia y habitantes de Santa Cruz iban a admirar en los festivales escolares, en funciones conmemorativas o para recaudar fondos para la ayuda de la escuela.

LOS ARTISTAS
Me gustaban las imitaciones que alumnos y alumnas hacían de “El Charro” Avitia, José Alfredo Jiménez, las Hermanas Huerta, Lola Beltrán y tantos otros artistas famosos en esos tiempos.Algunas veces, luego de ver los ensayos, me iba a la casa a pedirle dinero a mi mamá para comprar algunos dulces. Ella a veces me daba 20 centavos, una de aquellas monedas de cobre, que en su cara principal lucían con orgullo y majestuosidad la pirámide de Teotihuacán; o me daba 10 centavos, que tenían el grabado del presidente Benito Juárez o bien dos moneditas de 5 centavos, las “josefitas”, porque tenían a doña Josefa Ortiz de Domínguez, la famosa Corregidora de Querétaro que contribuyó durante la guerra de Independencia de nuestro país. Al reverso, el Escudo Nacional, el águila devorando una serpiente, como aseguraba la leyenda náhuatl sobre la fundación de Tenochtitlán.

PRESIDENTES
Esas monedas, junto con el peso de don José María Morelos y el “tostón” de Cuauhtémoc, sí que valían, porque entonces tuvimos a presidentes patriotas que antes de pensar en enriquecerse o de ganar fama se preocuparon por México. Era el sexenio de don Adolfo López Mateos, a quien siguió el último de los grandes, don Gustavo Díaz Ordaz. Después vino el declive. Con aquellos 10 ó 20 centavos, iba yo a la tienda de Aurora y me compraba una bolsa de dulces para toda la semana. Ahí encontraba los ácidos gajos de naranja, las natillas, los dulces Tomys, los huevitos, las colaciones y tantos otros que por el momento se me escapan de la memoria, pero todos ellos muy deliciosos.

MI MAMÁ
Luego regresaba a la casa, cuando mi mamá ya la había arreglado. El suelo, de tierra pura, barrido y humedecido, con ese inconfundible olor a jarrito nuevo, daba frescura a las calurosas tardes de la primavera o el verano. Mi mamá era incansable: hacía el desayuno, tendía las camas, torteaba, iba a la tienda al mandado, barría la calle, lavaba la ropa, zurcía nuestros desgarrados pantalones a la luz de un quinqué de petróleo, planchaba con una plancha calentada con carbón, nos bañaba, nos daba de cenar, curaba nuestras heridas y nos acompañaba en nuestras enfermedades y velaba nuestro sueño. Dios me la bendiga y le dé el Cielo.

 

Juan Flores, periodista mexicano radicado en Los Angeles, CA. Todos los Derechos Reservados. © 2015.