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Cada verano era costumbre de mi familia llevarnos de vacaciones al pueblo de Copala, Guerrero, (México), región de la costa chica donde tuve la fortuna de pasar varios veranos en una casa hecha de adobe y tejas, el hogar de mi abuela materna, lugar donde mi madre nació y creció. Recuerdo a frescura de esa casa, los olores, sobre todo el de leña en la cocina y que, cuando llovía, el caer del agua sobre las tejas era inmensamente relajante.

Evoco perfectamente la fachada de la casa, una puerta y ventana de madera y hermosas plantas en la jardinera, de donde sobresalían las bugambilias, un árbol de ciruela y un árbol que no recuerdo su nombre, pero era hermoso y frondoso, tenía unas flores blancas muy pequeñas que al atardecer desprendían un aroma muy exquisito, difícil de describir y solamente mi memoria lo puede percibir después de veinte años. Todas ellas sembradas y cuidadas por mi abuela, la señora Basilia.

Atrás de la casa, el típico patio trasero de todas las viviendas de la costa, gallos, gallinas y sus respectivos poñuelos; un par de guajolotes, patos, cerdos, caballos, y en ocasiones vacas o toros que los tenían ahí de paso, pues estaban en venta o recién comprados. También en el traspatio estaba el baño, y mejor me reservo esa parte, pues no era nada arquitectónico y sí demasiado rural.

Son muchos los recuerdos gratos que tengo de esa casita, me encantaba estar ahí, pero es ahora cuando me doy cuenta del gran valor que tenía, pues aunque todavía existe ya no es la misma. Mi abuela ya no está ahí, ya no se cocina con leña y ya ni siquiera gallinas hay en el traspatio. Lo más triste fue que pavimentaron las calles y los árboles y plantas se fueron para siempre, lo único que me conforma de eso es que mi abuela ya no estaba ahí para verlo.