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Ya van llegando diciembre y sus posadas
se va acercando ya también la Navidad
el año nuevo me traerá nuevas tristezas
y por tu ausencia lloraré mi soledad.
Regalo de Reyes

Esta es una de las canciones de Javier Solís que tanto se dejaban escuchar en la plaza del rancho y que cada vez que la oigo me hace recordar mi infancia.

La famosa vitrola de Carmelo amenizaba los atardeceres, mientras los campesinos regresaban de sus diarias jornadas en las pequeñas propiedades y parcelas ejidales ubicadas en El Jaral, en El Llano o en el cerro.

La casa donde nosotros vivíamos era toda de ladrillo, del grande, tipo adobón, de cuando las cosas se hacían bien, a conciencia. La construyó mi tío Tomás Castellanos, que en ese oficio de la albañilería fue muy diestro, como pocos. Lo mismo levantaba un muro que ponía una bóveda o encementaba una banca de la plaza.

Como toda casa de rancho, la de nosotros tenía el pozo del agua en el corral. Mi tío Tomás le hizo el brocal con ladrillo, piedra y un enjarre de mezcla; el batiente, también con ladrillo grande y piedra y cemento en los bordes. El agua era extraída jalando una larga soga que giraba en torno al carrillo de fierro vaciado, el cual a medida que se iba gastando comenzaba a rechinar. Muchas veces, cuando el extremo de la soga se pudría por el agua, la cubeta se soltaba e iba a dar hasta el fondo del pozo. Mi tío Tomás o mi papá tenían que sacarla con un gancho de alambre de tres puntas. Junto al pozo, también mi tío construyó una pileta muy grande, que a nosotros en ese entonces nos parecía una inmensa y profunda alberca.

Así era la casa del rancho como yo la recuerdo, desde donde yo me ponía a admirar los atardeceres. Sentado en el batiente de la puerta, veía el a veces enrojecido Sol mientras se ocultaba tras los cerros que separan a Santa Cruz y la laguna de Chapala. La ubicación geográfica de Santa Cruz, como dice la canción de Pepe Guízar: “Por Ocotlán sale el sol, por Tizapán sale la luna…” El arrebol del atardecer lo veíamos por el lado de Poncitlán, o cargado en dirección hacia San Sebastián o Mezcala.

Mientras se iba oscureciendo, yo veía las siluetas de los árboles en la cima de los cerros. Mi hermano Toño y yo nos poníamos a comparar el parecido de cada silueta con algún animal que en interminable desfile marchaba sobre los cerros.

Los más grandes, decíamos, eran como elefantes. Luego seguían los rinocerontes, las jirafas de alto cuello (cuando los árboles eran delgados). Después, los leones, simios y hasta cocodrilos. Todos esos los habíamos visto en las películas de Tarzán y cuando mi papá nos llevaba al circo.

A esa hora, mi mamá nos mandaba a la tienda de Aurora o a la de don Tacho, padrino de mi papá, para que compráramos birote que luego ella nos lo preparaba con frijoles de la olla o con mantequilla o cajeta que mi papá llevaba de Poncitlán. Nosotros los saboreábamos, a veces con leche, a veces con chocolate o canela.

Como Toño y yo todavía no cumplíamos la edad para tener que ir a la escuela al día siguiente, después de cenar nos quedaban energías para salir a jugar un rato más con nuestros amiguitos. Cuando la luz de la luna así lo permitía, jugábamos en la calle a los encantados, a la rueda de San Miguel o a doña Blanca. O también, como en muchas ocasiones, a las escondidas. Y cuando todo estaba completamente oscuro, nos sentábamos cerca de la puerta de la casa para que mi prima Isaura nos narrara algunos cuentos que ella se sabía muy bien. De ella oí por primera vez la historia de Blanca Nieves, así como un cuento de dos perros que se llamaban Quebrantahuesos y Quebrantafierros.

Algunas veces, mientras nos mantenía entretenidos con un cuento, a lo lejos se oía el silbato del ferrocarril, que siempre, invariablemente, pasaba en punto de las 9:00 de la noche. Era el tren proveniente de la ciudad de México, llevando pasajeros a Guadalajara. Mi hermana Esther, dos años menor que yo y que apenas comenzaba a balbucear sus primeras palabras, decía “ten eve [el tren de las nueve]”.

El paso del ferrocarril era como la señal para que mi mamá nos llamara a dormir.

Momentos después, ya estábamos soñando con las historias que mi prima Isaura nos acababa de contar.

Afuera, las luciérnagas parecían corresponder a la belleza del estrellado cielo, mientras el incesante cantar de los grillos arrullaba como en serenata el sueño de la vanidosa luna.

 

(c) 1995 Juan Flores