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No hay palabras para describir el dolor tan grande que genera la pérdida definitiva de un ser al que amas. No lo volverás a ver ni platicar con esa persona. No tendrás el gusto de compartir, con él o ella, momentos importantes y trascendentales de tu vida y, definitivamente, lo extrañarás.

No soy psicóloga, tampoco soy consejera espiritual o motivadora; no doy discursos de moral o autoestima. Soy simplemente una mujer, hija, esposa, mamá, hermana, prima, sobrina, tía… que con respeto se pone hoy en los zapatos de una mamá que acaba de perder a un hijo.

Como madre sé que desde el mismo momento en que te anuncian que estás en la dulce espera, sueñas en cómo será tu retoño: su sexo, su cara, su cabello, su cuerpo…

Una vez que la criatura nace y lo tienes en tus brazos, empiezas a indagar, dentro de tus anhelos, cómo será cuando crezca y, a medida que lo ves crecer, vuelan tus pensamientos a futuro y te preguntas tras cada etapa de su vida ¿Qué será cuando crezca? ¿Con quién se casará? ¿Cómo serán mis nietos?

Es algo inevitable que no para… hasta que la muerte llega.

El martes 24 de febrero todas esas preguntas se quedaron sin respuesta para Vivian Elian Núñez, la mamá de Kluiverth Roa Núñez, un joven de 14 años asesinado por un agente de la seguridad pública en mi país, Venezuela.

En resumen el muchacho salía de su escuela y quedó en medio de un grupo que protestaba y la policía. Viéndose atrapado, según testigos, intentó huir, pero el oficial del orden público no se lo permitió. Le apuntó y lo mató.

No fue una bala perdida. Lo mató a quema ropa disparándole en la cabeza.

No alcanzo a visualizar su dolor, ni un poquito. Pero me solidarizo con su pena.

La pena que arrastran, no sólo ella, sino las madres de los 43 de Iguala, México o las de El Salvador, Honduras, Guatemala, Nicaragua, Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia, Argentina, Uruguay Paraguay, Brasil, Chile, Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Panamá. Esas que viven con el Jesús en la boca porque no saben si sus hijos volverán a casa.

Parece que ahora nos tenemos que cuidar más de aquellos que se han comprometido a defendernos, sino pregúntele a la familia de Rubén García Villalpando, un mexicano que falleció el 20 de febrero aquí en Grapevine, Texas, luego que un oficial de la policía le disparara también a quema ropa.

Este no es un llamado de auxilio. No es necesario.

Ya los gritos de socorro, ayuda, clamor han enmudecido en la desidia y mediocridad de los que están para defendernos de las balas. Tienen oídos sordos y manos inactivas.

Esto es un llamado de consciencia humana.

Dejemos de matarnos nosotros mismos y como decía la mamá de Kleiverth, a quien hoy tomo como ejemplo: “a mi hijo lo mató el odio”. Y haciendo referencia al presidente venezolano, dijo: “Señor Maduro, ame más a Dios y Venezuela será mejor”.

Secundo su clamor.

Escrito está:

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Romanos 8:28

“Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero.

Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?

Y nosotros tenemos este mandamiento de Él: El que ama a Dios, ame también a su hermano”. 1 Juan 4: 19-21.

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