La nación estadounidense es acechada por diversos flagelos: la pandemia del coronavirus y su resultante crisis económica; la violencia policial en contra de afroamericanos y otras minorías; y un presidente prejuicioso, incapaz de tener empatía con nada y con nadie, que se crece fomentando la violencia y la división.

Es, en muchos sentidos, el peor presidente en medio de uno de los peores momentos en la historia moderna de este país, un momento en el que se necesitaría un verdadero mensaje de unidad no “patriotero”, sino de definitiva refundación de una sociedad a la que la nueva segregación racial está carcomiendo salvajemente por dentro, dejándole heridas tan profundas que la han debilitado ante los ojos de todo el mundo.

Pero Trump no solamente está muy lejos de sanar esas heridas, sino que siempre ha demostrado que tiene toda la intención de evitar que cierren por completo. Desde el caso conocido como Los 5 de Central Park, en 1989, hasta lo que está ocurriendo en este preciso momento no solo en Minneapolis, Minnesota, sino en las principales ciudades de Estados Unidos, su retórica racial no ha venido sino a confirmar sus afinidades con la supremacía que representa.

En efecto, las protestas de costa a costa por el asesinato del afroamericano George Floyd a manos de un policía anglosajón en Minneapolis vuelven a poner sobre el tapete el eterno problema de racismo, desigualdad e injusticias que a lo largo de la historia de esta nación han sufrido las minorías a manos de las clases dominantes y de las autoridades anglosajonas.

El caso Rodney King en 1992 en Los Ángeles, por ejemplo, se había convertido en el punto de quiebre de las tensiones raciales que habían permanecido latentes después de otros episodios similares, como en Watts en 1965, pero que eran reflejo de ese racismo sistémico que ha acompañado a este país desde su fundación, en el que las minorías de color han llevado siempre la peor parte.

Increíblemente, casi tres décadas después de la revuelta en Los Ángeles, vuelve a ocurrir en este siglo XXI en el que la ola del neofascismo avanza a pasos agigantados, haciendo prever que no será el último incidente de violencia en el que las minorías raciales sean las que pongan los muertos.

Pero el caso también pone de manifiesto lo que ocurre cuando quien ocupa la Casa Blanca, Donald Trump, no solo incita sino que le ofrece cobijo al prejuicio y al racismo. Digamos que las manzanas podridas que operan en departamentos de policía a través del país, así como los grupos e individuos que promueven la supremacía blanca, han encontrado en este presidente un defensor. Por eso andan tan envalentonados desde que él arribó al poder. Por eso están dispuestos a hacer lo que sea para mantenerlo en la Casa Blanca.

Previo a ser presidente y desde que lo es, Trump siempre ha estado de parte de supremacistas y racistas. En Charlottesville, Virginia, cuando se manifestaron en contra de judíos y minorías y cuando uno de ellos embistió a contramanifestantes matando a una joven activista, Trump se refirió a ellos como “gente buena”.

No cabe duda de que Trump es un síntoma de una enfermedad que ha aquejado al país través de su historia. Esta nación se forjó a punta de violencia, saqueos y sangre. Contra nativos estadounidenses, contra mexicanos e hispanos, contra los afroamericanos descendientes de esclavos que a pesar de los avances en materia de derechos civiles siguen siendo discriminados. Las injusticias no han cesado. El racismo institucional sigue vivito y coleando.

Así, la rodilla de la supremacía blanca, ahora desde el poder con Trump, no ha querido quitarse del cuello de una nación de minorías dolidas, vilipendiadas, sobajadas, ninguneadas y apartadas del verdadero bienestar que ha pretendido ofrecer un sistema socioeconómico sin precedentes como el estadounidense, pero que lamentablemente solo funciona bien para unos cuantos.

Desde que las manifestaciones estallaron en días pasados Trump solo ha incitado. “Cuando el vandalismo comienza, los disparos comienzan”, tuiteó cuando comenzaron los disturbios en Minneapolis. Luego trata de dar marcha atrás, pero a la menor provocación vuelve a la carga porque está en su naturaleza; no puede evitarlo. Ahora ha utilizado la crisis para culpar a demócratas y liberales. La nación necesita calma y dirección, dos cosas que Trump es incapaz de ofrecer.

No hay que dar muchas vueltas para contextualizar este momento histórico: con un virus implacable que ha matado a más de 100 mil estadounidenses; con esta nueva revuelta racial que promete cimbrar de nuevo las ya de por sí tensas relaciones sociales; y con un mandatario que fomenta los odios para aporvecharlos políticamente ante la cercanía de las elecciones, esta nación se asfixia: como George Floyd, Estados Unidos ya no puede respirar.

Es, en muchos sentidos, el peor presidente en medio de uno de los peores momentos en la historia moderna de este país, un momento en el que se necesitaría un verdadero mensaje de unidad no “patriotero”, sino de definitiva refundación de una sociedad a la que la nueva segregación racial está carcomiendo salvajemente por dentro, dejándole heridas tan profundas que la han debilitado ante los ojos de todo el mundo.

Pero Trump no solamente está muy lejos de sanar esas heridas, sino que siempre ha demostrado que tiene toda la intención de evitar que cierren por completo. Desde el caso conocido como Los 5 de Central Park, en 1989, hasta lo que está ocurriendo en este preciso momento no solo en Minneapolis, Minnesota, sino en las principales ciudades de Estados Unidos, su retórica racial no ha venido sino a confirmar sus afinidades con la supremacía que representa.

En efecto, las protestas de costa a costa por el asesinato del afroamericano George Floyd a manos de un policía anglosajón en Minneapolis vuelven a poner sobre el tapete el eterno problema de racismo, desigualdad e injusticias que a lo largo de la historia de esta nación han sufrido las minorías a manos de las clases dominantes y de las autoridades anglosajonas.

El caso Rodney King en 1992 en Los Ángeles, por ejemplo, se había convertido en el punto de quiebre de las tensiones raciales que habían permanecido latentes después de otros episodios similares, como en Watts en 1965, pero que eran reflejo de ese racismo sistémico que ha acompañado a este país desde su fundación, en el que las minorías de color han llevado siempre la peor parte.

Increíblemente, casi tres décadas después de la revuelta en Los Ángeles, vuelve a ocurrir en este siglo XXI en el que la ola del neofascismo avanza a pasos agigantados, haciendo prever que no será el último incidente de violencia en el que las minorías raciales sean las que pongan los muertos.

Pero el caso también pone de manifiesto lo que ocurre cuando quien ocupa la Casa Blanca, Donald Trump, no solo incita sino que le ofrece cobijo al prejuicio y al racismo. Digamos que las manzanas podridas que operan en departamentos de policía a través del país, así como los grupos e individuos que promueven la supremacía blanca, han encontrado en este presidente un defensor. Por eso andan tan envalentonados desde que él arribó al poder. Por eso están dispuestos a hacer lo que sea para mantenerlo en la Casa Blanca.

Previo a ser presidente y desde que lo es, Trump siempre ha estado de parte de supremacistas y racistas. En Charlottesville, Virginia, cuando se manifestaron en contra de judíos y minorías y cuando uno de ellos embistió a contramanifestantes matando a una joven activista, Trump se refirió a ellos como “gente buena”.

No cabe duda de que Trump es un síntoma de una enfermedad que ha aquejado al país través de su historia. Esta nación se forjó a punta de violencia, saqueos y sangre. Contra nativos estadounidenses, contra mexicanos e hispanos, contra los afroamericanos descendientes de esclavos que a pesar de los avances en materia de derechos civiles siguen siendo discriminados. Las injusticias no han cesado. El racismo institucional sigue vivito y coleando.

Así, la rodilla de la supremacía blanca, ahora desde el poder con Trump, no ha querido quitarse del cuello de una nación de minorías dolidas, vilipendiadas, sobajadas, ninguneadas y apartadas del verdadero bienestar que ha pretendido ofrecer un sistema socioeconómico sin precedentes como el estadounidense, pero que lamentablemente solo funciona bien para unos cuantos.

Desde que las manifestaciones estallaron en días pasados Trump solo ha incitado. “Cuando el vandalismo comienza, los disparos comienzan”, tuiteó cuando comenzaron los disturbios en Minneapolis. Luego trata de dar marcha atrás, pero a la menor provocación vuelve a la carga porque está en su naturaleza; no puede evitarlo. Ahora ha utilizado la crisis para culpar a demócratas y liberales. La nación necesita calma y dirección, dos cosas que Trump es incapaz de ofrecer.

No hay que dar muchas vueltas para contextualizar este momento histórico: con un virus implacable que ha matado a más de 100 mil estadounidenses; con esta nueva revuelta racial que promete cimbrar de nuevo las ya de por sí tensas relaciones sociales; y con un mandatario que fomenta los odios para aporvecharlos políticamente ante la cercanía de las elecciones, esta nación se asfixia: como George Floyd, Estados Unidos ya no puede respirar.