Como parte de su teatro de campaña de reelección, nuestro flamante presidente quiere ahora desplegar fuerzas élite de la Patrulla Fronteriza en ciudades santuario al interior del país para detener indocumentados. Tal parece que el síndrome de la fracasada “expedición punitiva” que Woodrow Wilson ordenó para capturar a Pancho Villa en 1916, utilizando para ello a 12,000 soldados que regresaron con las manos completamente vacías, ha reencarnado en las fantasías más siniestras del actual mandatario.

Porque es un hecho que el “Fanfarrón en Jefe” anda envalentonado tras ser absuelto por el coludido Senado republicano y utiliza a los inmigrantes como chivos expiatorios y carne de cañón en el circo romano que le brinda a sus huestes a cada oportunidad. Los vítores al “nuevo César” en su propia plaza son de antología y reflejan el nivel de degradación al que puede llegar una democracia que se decía perfecta, pero que le ha sido entregada como un trofeo menor a quien difiere en todo del concepto de “poder del pueblo”.

Y nada cambia. Su audiencia sigue siendo su base y hacia esta van dirigidas todas las iniciativas que buscan financiar el muro, expropiar tierras para tales fines o enviar hacia el interior del país a patrulleros fronterizos para asistir a ICE. Es todo un esquema de castigos, más que un plan para fortalecer una república, mismo que tiene en los inmigrantes un destinatario evidente.

Pero digamos que el show tiene doble intención. Por una parte, busca satisfacer la sed antiinmigrante de Trump y de su base, algo que hasta el momento va logrando. Por otra, intenta generar terror y pánico en las comunidades migrantes y, al mismo tiempo, retar a los gobernantes de las llamadas ciudades santuario que se han convertido en su obsesión, en la piedra en su zapato. Y para ello recurre a planes que parecen copiados de hollywoodenses películas, con Rambos, Robocops y Terminators en su antiinmigrante imaginación en busca de los “malos”, de los “bad hombres”.

Esta actitud es muy trumpiana, la de buscar la forma de vengarse de quienes lo retan y lo enfrentan. Porque en realidad a Trump lo tienen sin cuidado las políticas públicas. El solo opera en función de lo que le convenga personal y políticamente hablando, aunque después sus promesas se queden en nada. Ha convertido a la Casa Blanca, de hecho, en la Casa de sus Fantasías.

Así ocurrió con el muro, que intenta revivir en año electoral a toda costa para demostrarle a esa misma base que les cumplirá su promesa de 2016. Un muro que ya ha sido puesto a prueba por intensas ráfagas de viento que dejaron al desnudo la debilidad de una obra que no busca otra cosa que seguir complaciendo a quienes se conforman con el corto plazo de las promesas para satisfacer agendas personales de odio.

Y como es tan dado al drama de los reality shows, ahora busca generar atención con el envío de patrulleros fronterizos más allá de las 100 millas de la franja donde se supone que operen, y ni siquiera se ha definido qué es exactamente lo que harán. Es solo una estrategia de mercado político para saber cómo reacciona el posible consumidor y mantener latente la posibilidad de concretar su amenaza, a partir de las circunstancias del momento.

Sin embargo, es difícil pedirle a una comunidad inmigrante, que ha sido constantemente atacada, que solo vea en esta movida de Trump a un político que busca reelegirse, porque el miedo es real. Y esta acción, como táctica de intimidación, también es real. Porque como representante del poder cuenta con los recursos, económicos y humanos, para infligir no solo un daño psicológico como ahora mismo, sino también físico y familiar, algo que parece disfrutar como el sociópata disfruta con la angustia de sus víctimas.

Y no se trata de una táctica de intimidación únicamente dirigida a los inmigrantes. Este 2020, año electoral en el cual también se lleva a cabo el Censo decenal, la intención de este gobierno es lograr que migrantes y minorías no participen de ese conteo, y de cara a noviembre, crear una imagen de invencibilidad para sugestionarnos y que desistamos de participar en el proceso electoral, porque ya la suerte está echada. Lo cual es aun mucho más escabroso, pero que a la larga tenderá a convertirse en un efecto búmerang que determinará la suerte de quienes ahora ejercen un poder dominante, más que un gobierno constitucional.

Pero al teatro de Trump, a su mundo de “hacer creer”, hay que enfrentarlo con una dosis de realidad que no deje lugar a dudas. Solo resta esperar a que, en efecto, estos casi cuatro años de intimidaciones, bullying, ataques contra migrantes, minorías, mujeres y tantos otros sectores e instituciones, generen un movimiento masivo a las urnas que ponga punto final al triste espectáculo que es la presidencia de Trump.