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Si el Rey Midas convertía en oro todo lo que tocaba, el “Rey” Donald Trump corrompe a todo el que le rodea y le sirve.

O quizá tiene la capacidad de sacar a la luz lo que verdaderamente son esos funcionarios que alguna vez fueron descritos como “institucionalistas” y honorables que, tras girar en la órbita de Trump, se tornan en sus perros falderos y pisotean las instituciones y la misma Constitución, con tal de agradar al amo, aunque en el camino pierdan la dignidad y la reputación.

Tal es el caso del Secretario de Justicia, William Barr, quien había sido descrito como un “institucionalista” de excelente reputación y todo el mundo le dio el beneficio de la duda, a pesar del memorándum que redactó mucho antes de ser designado al cargo que ahora ocupa, justificando por qué un presidente “no puede” cometer obstrucción de justicia.

Al final, Barr exoneró a Trump de colusión con Rusia y de obstruir la justicia, a pesar de que el reporte del fiscal especial Robert Mueller cita 10 instancias de potencial obstrucción. Y el espectáculo que ofreció este miércoles durante su testimonio ante el Comité Judicial del Senado, donde fue interrogado por los demócratas por haber ocultado que el propio Mueller lo contactó en dos ocasiones, vía telefónica y vía carta, para participarle su descontento por la forma en que manejó las conclusiones de la pesquisa, Barr demostró o que ya estaba corrompido, o que como otros antes que él cayó en la telaraña de corrupción que es la presidencia de Trump.

La pregunta es qué lleva a estos funcionarios a vender su integridad y a perder su reputación por un individuo como Trump, que es la antítesis de todo lo que los republicanos decían defender: la ley y el orden y los valores familiares.

Y es que muchos en el país —y por qué no decirlo: en el mundo entero— se han de preguntar a todas horas por qué un gobierno como el de Donald Trump, tan evidentemente antiestadounidense por donde se le quiera interpretar, se mantiene intacto; es decir, sin que uno solo de los señalamientos, investigaciones, complicidades, misoginia perversa, infidelidades con estrellas porno, denigrar a las instituciones de ley y de orden, como referirse a funcionarios del FBI como “escoria”, así como actitudes antiinmigrantes que han influido en múltiples ataques xenófobos en la nación, lo mueva un ápice de la Casa Blanca.

Por menos del daño, sobre todo moral y judicial, que le ha hecho al país, otros en su lugar pasarían sin misericordia por el escrutinio de las leyes o del insoportable escarnio público, como le ocurrió al exsenador demócrata Al Franken; mientras otros han llegado al juicio político (Clinton) o las circunstancias de su nefasta influencia los han obligado a renunciar (Nixon).

Pero lo peor de todo, en el caso de Trump, es que la clase política estadounidense actúa como si no pasara nada, como si tocarlo en verdad y descubrir sus artimañas, tanto en sus negocios como en la forma en que llegó al poder, fuera a desestabilizar la estructura del sistema y, de paso, se conocieran otras tantas barbaridades del primer mandatario, pero también de sus correligionarios (al estilo Lindsey Graham) y de sus opositores.

Porque solamente en ese escenario se podría entender el que un presidente que tiene como política pública la separación de miles de familias migrantes, y que incluso se ha atrevido a proponer el cobro por ejercer un derecho humano fundamental como es el solicitar asilo, permanezca tan cínicamente firme en una Casa Blanca tan turbulenta.

Por esa propuesta de obligar a pagar a quienes solicitan asilo se le debería llamar a rendir cuentas en una corte internacional, por la forma en que dictamina violar flagrantemente un derecho humano inalienable. Y, otra vez, pareciera que no dijo nada malo.

En el fondo, si se mira bien, el desarrollo histórico y económico al que ha llegado un país como Estados Unidos ha producido a su vez una clase política entrampada, voluble, incluso infantil, que prefiere hacer mutis ante un patán que maneja “muchos hilos” entre su gente, que asumir con valentía que alguien así nunca debió llegar al poder.

Con ese silencio ofensivo están orillando a la democracia estadounidense a transitar por el terreno de lo fallido, en una sociedad que, a su vez, pareciera coludida con su propia clase política, pues su nivel de exigencia al cambio es tan profiláctico que suena desinteresado.

Y he ahí el peligro. Trump está normalizando la corrupción y la ilegalidad, mientras sus funcionarios y copartidarios republicanos son cómplices por su silencio. El peligro estriba en que la sociedad se vaya insensibilizando al grado que nada le sorprenda o le indigne, pues eso solo solidifica la presidencia de Trump y garantiza su continuidad.

Porque aparentemente a este intocable “Rey” solo puede frenarlo una derrota en las urnas en 2020... mientras no toque el proceso electoral.