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Como cientos de miles de Dreamers de su edad, grupo en el que 95% trabaja o estudia, según una encuesta de la Universidad de California en San Diego, mi sobrina ha tenido que aprender, sobre la marcha, de esa cultura del esfuerzo que a millones de seres humanos nos levanta cada día a trabajar y/o estudiar, y a descubrir sobre todo qué hay del otro lado de nuestro tiempo y de nuestro espacio en una tierra que ahora mismo ya no nos es tan ajena, pero que nos sigue tratando con bastante aspereza.

Así, ella ha aprendido, de este y muchos modos, que ser inmigrante no es fácil, y mucho menos en este momento tan oscuro de la historia del país en que nos ha tocado vivir y padecer directamente, por nuestro color, por nuestro origen, por nuestro idioma y por tantas otras cosas que nos han endilgado desde la retórica antiinmigrante del poder político, como una especie de collar de prejuicios con el que han querido que sucumbamos ante el amedrentamiento.

Pero como si hiciera falta un agravante más a los infortunios que tienen que sortear diariamente miles de jóvenes como ella, Dreamers o no, en busca de un equilibrio en su presente académico para afianzar un futuro laboral mínimamente aceptable, surge ahora como una bofetada al rostro de su esfuerzo la inmoralidad a la que puede llegar el gran poder económico de algunas familias estadounidenses para sobornar a quien sea necesario. Ello, con el fin de lograr que, por la vía más fácil, sus hijos puedan acceder a universidades de amplio prestigio, no para absorber conocimiento en una especialidad concreta ni por méritos propios, sino para que la “marca universitaria” pase solamente a formar parte de su inflado curriculum más adelante.

A quién no le gustaría que sus hijos tuvieran acceso a Yale, Stanford, Georgetown, Wake Forest, Universidad de Texas, Universidad del Sur de California o a la Universidad de California en Los Ángeles. La “Operación Varsity Blues”, llevada a cabo por el FBI, da cuenta de todos los detalles.

La cloaca que ha destapado el escándalo en el que se han visto involucradas, entre otras, prominentes figuras del espectáculo estadounidense al ser parte de un esquema de sobornos para que sus hijos tuvieran la seguridad de contar con un espacio universitario, solo ha venido a confirmar la tremenda desventaja en la que se encuentran los sectores menos favorecidos de todas las comunidades del país: blancos, afroamericanos, hispanos y asiáticos; inmigrantes y no inmigrantes, ciudadanos y no ciudadanos.

Y no únicamente eso, sino que también les ha restregado en el rostro el ninguneo del que son objeto no solo por parte de familias millonarias como las de las actrices Lori Loughlin y Felicity Huffman, sino por el contubernio con mandos medios de universidades que tenían bien “engrasada” la maquinaria de la corrupción para privilegiar aún más a quienes ya eran privilegiados por la abundancia económica en la que vivían. Nada les hacía falta.

Ante ese panorama en el que parece que el dinero lo compra todo, incluso en un país que se ha vanagloriado de ser una especie de adalid de la moral y la rectitud en todo sentido, donde incluso se supone que la justicia se aplica por igual y donde la corrupción aparentemente no era norma —al menos en el discurso—, el descenso en la credibilidad de su éxito como sociedad tendría que ser una llamada de atención para quienes se preguntan por qué casi todo el tiempo son las mismas familias, los mismos linajes, los que gobiernan desde tiempos remotos esta nación. “La élite del poder”, la llamó el brillante sociólogo Charles Wright Mills.

En fin, a familias como la nuestra nos tocará solamente ver cómo también el gran poder de esos sectores adinerados que se han visto envueltos en esta maraña de corrupción gastarán igualmente una fortuna en su defensa, con la consecuente salida fácil del atolladero, con lo que incluso lavarán su imagen creando una pantalla en la que además podrían aparecer como inocentes víctimas de una conjura. Es infalible.

Por lo pronto, toda esta situación ha hecho reflexionar aún más a mi sobrina. Lectora y redactora incansable, con la que el intercambio de lecturas y de ideas es pan de cada día, sostiene que uno se esfuerza para seguir adelante, haciendo todo lo posible para continuar con su educación, “enfrentando todo tipo de obstáculos (y nos dicen que no merecemos estar ahí), solo para que familias ricas y bien conectadas” puedan comprar el ingreso de sus hijos a las universidades.

Eso, añade, le causa lástima, “pues en el caso de la hija de Loughlin, Olivia Jade, nunca quiso atender el colegio, ella solo quería estar haciendo videos en You Tube”. Su conclusión es contundente: “Si esos padres están haciendo lo que hicieron para que sus hijos salieran adelante, ¿entonces por qué se juzga a los padres que migran hacia los Estados Unidos para que sus hijos también salgan adelante?”

Le he mencionado hace poco, tras haberme regalado la novela Los restos del día, del escritor japonés Kazuo Ishiguro, que avanzar entre el lodo ha sido una constante de la sobrevivencia del género humano. En toda su historia. Y que nos tocará, apoyados en nuestras lecturas y en nuestras reflexiones como inmigrantes, seguir avanzando en ese lodo hasta donde nos sea posible, con integridad y honradez, siendo testigos de que en el privilegiado mundo del dinero que es utilizado para corromper y no para resolver necesidades humanas todos los lugares están ocupados.

A nosotros nos tocará, mañana mismo, continuar con nuestra propia rutina: la del esfuerzo y la de la historia.