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Una mudanza y los amigos que nunca se han ido

Me gusta mucho Lakewood con sus casas impresionantes (sus espaciosos prados verdes que alegran la vista de quien conduce por algunos de sus curveados caminos) y lo accesible de mi ya querido lago White Rock, aunque según me cuentan, no me tocó conocerlo en su época estelar.

A finales de julio finalmente me mudé de esa área de Dallas en la cual viví por casi ocho años, digo finalmente porque tardé un poco en decidirme. No me fui tan lejos de la Gaston Avenue y sus viejos edificios de apartamentos, pero sí lo suficiente para tener que aprender una nueva ruta un poco más hacia el este de la ciudad. (Las caminatas por la Swiss Avenue creo que las extrañaré, eso sí). Mi nueva vista incluye una serie de árboles medianamente grandes y una calle ni muy angosta ni tampoco muy amplia, que cuando recién me cambié fui testigo de cuando recibió un buen parche (vinieron los trabajadores de la ciudad a tapar un bache, básicamente), aunque se le nota una pequeña forma de cuna, a decir verdad.

A LA ORDEN
La impresionante Chevy Colorado 2018 (una pick-up mediana) fue una de mis compañeras de aventura en esta reciente mudanza. A uno de mis dos amigos que me ayudaron con la mayoría de la carga de remover mis cosas le encantó. Nos dimos una vuelta por toda la ciudad en un descanso durante la "movedera de tiliches y recuerdos" y quedó fascinado. A mí también me maravilló por su comodidad y gran personalidad.

En esos días me reuní con una amiga en un restaurante de Irving para descansar un poco del trajín de empacar y la decisión de regalar, tirar o conservar tantas cosas acumuladas. Pedimos comida casera para según yo reunir fuerzas y completar el último tramo, aunque lo que más me interesaba era tomar una buena taza de café. Y cuando estábamos en el trance de negociar con la mesera para que hiciera una jarra fresca de la ansiada bebida, de repente entró al lugar la mamá de un gran amigo mío. Como sé que vive en Irving me dio gusto verla y pensé que en un rato me acercaría a su mesa para saludarla, pero antes de que terminara de asentar ese pensamiento vi a Susy y a Cesarín, la esposa e hijo de mi amigo. (Los dos habían regresado a Dallas después de varios años de haber decidido mudarse a México). Fue la gran sorpresa de la tarde. Me emocioné mucho de verlos nuevamente y terminé enterándome por boca de Susy que se recuperaba de un tipo de cáncer que la hizo jubilarse a temprana edad. Si no me lo hubiera dicho, jamás lo habría notado.

Un rato después de que empezamos a conversar, por la ventana contemplamos a la imponente Colorado y Susy, ahora residente de Monterrey, me habló brevemente de su exitoso paso por General Motors en México y todo lo que sabía sobre la tradición de Chevy en Estados Unidos. Fue una bonita coincidencia.

La Colorado, por su parte, fue generosa de principio a fin. Su tanque de combustible con diesel alcanzó para toda la semana que duró el préstamo del vehículo, que además me pareció versátil y espaciosa. Las múltiples cajas con libros que decidí conservar fácilmente cupieron en la caja y mi ridículamente apreciada colección de CD's viajó conmigo en el asiento trasero.

Un detalle que me llamó la atención y que me encantó, aunque no soy mamá, es el recordatorio en el tablero de que llevaba carga en el asiento de atrás. Agradecí el detalle, pero mi preciada carga bien podía esperar para acomodarla cuando todo estuviera listo en mi nuevo hogar -compartido.

De haberlo necesitado, el potente motor Duramax 2.8L con tracción en las 4 ruedas me hubiese ayudado a remolcar fácilmente una pequeña camper de hasta 7,700 libras.