La primera señal de que entrábamos a un lugar exclusivo donde acostumbran hacer sus compras los residentes más solventes de Berlín, Alemania, fue el encontrarnos, a la entrada, con un guardia recto como una torre con un sombrero de bombín, la piel rosada y lisa como piedra de rio, que sin dejar de observarnos con el rabillo del ojo, nos abrió la puerta con sus manos enguantadas.

Lo primero que salta a la vista en aquel espacioso lugar, lleno de luz y escaleras eléctricas es el Departamento de Perfumería que ocupa todo el primer piso, una hilera de perfumes, perfectamente alineados sobre mesas transparentes nos llama la atención.

"Esto es lo que andamos buscando", dijo Cande. Se acercó a una de las mesas y con la mayor naturalidad, tomó uno de los perfumes y oprimió el atomizador, el agua como rocío cayó sobre su antebrazo y cuello. Las demás nos disponíamos a hacer lo mismo, cuando tres mujeres salidas de alguna parte, se nos acercaron. Su mirada era de preocupación y sus explicaciones apresuradas. En perfecto inglés nos dijeron que en esa tienda no podíamos tocar los perfumes, que si alguno nos interesaba, se lo podíamos señalar con el índice a cierta distancia, y que ellas se encargarían de darnos un diminuto papel con el aroma correspondiente.

Esa libertad de rosearnos a vastedad con el perfume de nuestra preferencia lo habíamos adquirido en la tienda Macy's en Los Angeles, nos resultó obvio que esa práctica, común para nosotras, no estaba permitida en Alemania, por lo menos no en esa tienda. La primera reacción fue de indignación: "Cómo está esto que no nos dejan tocar nada", dijo María, ¿Qué piensan que no tenemos dinero para comprar? Agregó Mabel.

En total éramos seis viajeras de un grupo de 30, las que decidimos entrar a ese almacén de lujo en busca de perfumes. Todas llevábamos un pañuelo amarillo de percal atado a la muñeca unas, en el antebrazo otras, dos lo llevaban en el cuello. También unas llevaban sus mochilas sobre la espalda y un sombrero de estambre que les cubría las orejas y parte de la frente. La idea de llevar todos unos pañuelos amarillos era una forma de ubicarnos, en caso de que alguien se extraviara.

Las empleadas, todas altas, esbeltas, de piel blanca y pelo amarillo, sin dejar de sonreír, nos observaban, pendientes de nuestros movimientos. Fue Cande la que dijo: "Pues yo me llevo mis perfumes". Señaló uno, luego otro y preguntó por otro. A ella le siguieron las demás con sus compras. La desconfianza inicial se tornó en alegría al darse cuenta que esas mujeres de apariencia humilde eran serias consumidoras de perfumes de marca.

Convencidas de que las fragancias europeas son superiores a los que se venden en Estados Unidos, no vacilaron en aprovisionarse con cuanto perfume era de su preferencia. "Los perfumes de aquí son superiores por los aceites que usan, duran más en la piel", afirmó Cande.

Las viajeras demostraron ser unas conocedoras de aromas y a la hora de liquidar los cientos de euros que arrojaba la cuenta, no vacilaron en sacar de sus mochilas, de su ropa, de un cinto invisible en su cintura, euros de altas denominaciones igual que dólares y tarjetas de crédito.

Las sorprendidas empleadas llamaron refuerzos, dos jóvenes tan altos y pálidos como ellas, llegaron solícitos con mirada risueña para atenderlas con todas las cortesías, mientras les preparaban las facturas correspondientes. Los empleados se apresuraron a sentarlas en sillas cómodas y aprovecharon para regalarles muestras de los nuevos aromas.
Aproveché para sentarme en uno de los bancos altos que tienen listos para el maquillaje. Las observé a distancia. Un sentimiento de ternura y agradecimiento por aquellas mujeres, la mayoría en los umbrales de la senectud me aflojó el lagrimal, el mismo que contuve antes de que se derramara y causara contagio colectivo. Mi madre había fallecido unas semanas antes y ellas lo sabían.

Meses atrás, todas ellas aceptaron una invitación que hice durante mi programa de radio para recorrer en grupo varios países de Europa Central. Ellas, entre otros aceptaron la invitación. Interrumpieron su rutina de trabajo en fábricas, en casas, en oficinas para vivir otras experiencias lejos de su familia, del país donde vivían como migrantes. Para muchas, ese era su primer viaje a Europa.

Una a una fue saliendo con su bolsita de diseñador, colgada del brazo, como si fuera un paraguas. Los rostros satisfechos, felices con la experiencia. Ese viernes de octubre todas abordamos un taxi rumbo al hotel donde nos hospedábamos. Nos aseguramos de pronunciar bien claro el nombre del hotel donde ya nos esperaba la otra parte del grupo.

En el trayecto asumimos que el chofer había tomado un atajo para nosotros desconocido, las calles, la arquitectura de los edificios se veía más moderna, un ambiente de amplitud se notaba en las construcciones. El chofer, silencioso, no entendía nuestra confusión. Pasados 30 minutos, la fachada moderna de un hotel se divisó a unos metros y el taxista se estacionó frente a una pared de cristal. "¡Ese no es nuestro hotel!", dijo. Sin dar muestras de impaciencia, el chofer aceptó esperar unos minutos. El nombre del hotel era el mismo, no así la parte geográfica. Nuestro hotel del mismo nombre estaba en lo que fue una vez Berlín del Este, donde estábamos ahora era Berlín del Oeste. Entusiasmadas, nos bajamos del taxi, una nueva aventura nos esperaba.